jueves, 23 de abril de 2009

"Continuará"

Debió ser leyendo un tebeo de Spiderman, de cuando el amistoso vecino llevaba ese traje negro tan molón. Puede incluso que Maradona jugara aún en el Barça y que José María Cano todavía no le hubiera quitado el control creativo de Mecano a su hermano Nacho. Y estoy por asegurar que Carmen Maura todavía seguía diciendo por la tele aquello de "Nena, tu vales mucho". En definitiva, eran los años 80 y leía un tebeo (no un cómic, joder, un tebeo) de Spiderman. Si la memoria no me falla, en esa época, los tebeos de la criatura creada por Stan Lee costaban ¿25 pesetas? y consistían en un puñado de páginas, no sé, unas 15, que te leías en un ratito. Eran episodios autonconclusivos que solían gustarme mucho y me dejaban con ganas de más. Por eso, cuando al final leía "Continuará", me ponía muy contento. En fin, entendedme, tenía una paella en mi frente y no disfrutaba de la malicia necesaria para darme cuenta de que esa historia estaba siendo estirada artificialmente para obligarme a comprar el siguiente número sí o sí.

Entonces, en el mundo del tebeo americano apareció un tal Frank Miller, un dibujante mediocre y un guionista obsesionado con Will Eisner. Empezó a dotar de contenido "adulto" a los superhéroes, primero a Daredevil, luego a Batman. También hizo su entrada en escena un inglés loco y genial que responde al nombre de Alan Moore, que hizo el "Quijote" de los tebeos, y en más de un sentido, con aquella obra maestra que este año hemos visto en el cine, "Watchmen". Parecía que el medio tebeo pedía un reconsideración de sus medidas, las que habían dominado desde que saltó de las tiras de los periódicos. Fue algo parecido a lo que pasó con el paso del single al LP en la música popular. Así, el "Continuará" pasó a ser norma y no excepción. Y en los 90, el tebeo de superhéroes estuvo a punto de morir de sobrepeso.

Yo creo que eso es lo que está pasando con las series de TV. Supuestamente, estamos viviendo una Edad de Oro, con una enorme cantidad de producciones seriadas para la tele divididas en un huevo de temporadas. Y el resultado es, salvo muy honrosas excepciones, irregular. Incluso yo, que idolatro "El Ala Oeste de la Casa Blanca" tengo que admitir que la quinta temporada es una mierda, que la sexta es irregular y que la séptima... bueno, no me atrevo a decir qué me parece la séptima. Pero, ¿por qué tengo la serie completa comprada religiosamente en DVD?. Por lo mismo por lo que corría al kiosko cuando terminaba un tebeo de Spiderman en el que al final ponía "Continuará".

Salvo "The Shield" y "El Ala Oeste de la Casa Blanca" paso de las series "culebroneras". En realidad, esta entrada era sólo para decir esto, para acordarme del traje negro molón de Spiderman y para decir que me mola un huevo "Dos hombres y medio".

viernes, 10 de abril de 2009

Mari Trini

Tanto Bargueño como Soitu.es han dicho adiós a Mari Trini como ella se merecía. No puedo añadir ni restar una coma a lo que ellos han escrito, pero tampoco quiero dejar pasar esta oportunidad de aportar mi granito de arena a la reivindicación de una figura fundamental del pop español (has leído bien, he puesto “pop“, ¿qué pasa?).

Ahora mismo estoy escuchando el vinilo de “Escúchame“, el tercer disco de Mari Trini, aparecido en 1971. Hay versiones de Brel (en francés, ojo), de Gilbert Becaud, de Moustaki, y el arreglo de casi todos los temas es del gran Waldo de los Ríos. También encontramos estupendas canciones firmadas por la propia Mari Trini, como “Escúchame“, “Yo no soy esa“ o “Seré silenciosa“. El sonido, cortesía del productor Rafael Trabuchelli, es algo que hoy en día es ciencia ficción. Lo estoy escuchando a un volumen más bien bajo y, aún así, está inundando toda la habitación. En definitiva, es una fookin´ masterpiece, una puta obra maestra, un discazo de cojones.

Por eso, me cabrea tanto que, el otro día, cuando supe de su muerte sólo encontré frivolidad. Mari Trini no era un folklórica, era una artista por derecho propio, que se hizo un hueco en el país de las Ana Belenes y las Marisoles siendo feucha y esquiva.

Mi padre la entrevistó hace ya muchos años, en los años 70, en la cima de su popularidad, cuando vendía millones con discos como el que ahora mismo estoy escuchando. El otro día me dijo la frase con la que voy a terminar esta entrada. Fue cuando comentamos la noticia.

“Era una tía cojonuda“.

El síndrome del hombre nuevo

Cuando tenía 10 años más o menos leí “La conspiración de Catilina“, el relato de un golpe de estado en la ya languidenciente República romana del siglo I a.c. En él, el gran héroe es Cicerón que sólo con una serie de discursos en el Senado desactivó la sedición (y de paso salvó su propia vida). Decidí que era un personaje que me caía bien.

Sin embargo, la historiografía más autorizada tiende a ver a Cicerón, no como un as de la oratoria, sino como un farsante y un cobarde. ¿Su pecado? Ser un republicano convencido y enfrentarse a Marco Antonio y, antes, a Julio César. Y, sobre todo, ser un “homo novus“, que es como llamaban a las personas sobre los que recaía el honor de ser los primeros de su familia en acceder al consulado. Fueron muy pocos los que lo lograron, los más famosos son el propio Cicerón y Catón el viejo. Cicerón, además, fue el último que lo consiguió en la etapa republicana.

Un “homo novus“ no pertenecía a la aristocracia romana. Ascendía gracias a su valía personal y a pesar del lastre de no ser un patricio de pura cepa. Es el caso de Cicerón, hombre de gran cultura pero miembro de una familia de la empobrecida aristocracia rural. Era un tipo incómodo, no era de “los nuestros“, no tenía hipotecas de ningún tipo. No es de extrañar que su imagen no sea tan positiva como la de Julio César, que era su némesis. (Aunque, parece ser, que se caían más o menos bien y disfrutaban del arte de la charla juntos con cierta frecuencia).

2000 años después sigue pasando lo mismo. Miramos con desdén a ese tío del que no sabemos nada y que no ha venido enchufado. El “homo novus“ es peligroso, nos muestra nuestra propia mediocridad. Preferimos al primo tonto del jefe de compañero que a un chico de provincias trabajador y brillante. Al primo tonto lo podemos manejar, el “homo novus“ nos va a desenmascarar.

Así que si eres un Cicerón, un “homo novus“, que sepas que lo tienes muy jodido. Da igual lo que hagas, sólo serán considerados tus errores o tus omisiones, conscientes o no. Y si lo superas, tu legado acabará desvirtuado, y eso en el mejor de los casos.

“Cicerones del mundo, uníos“.

jueves, 9 de abril de 2009

El discreto encanto de los “sintes“ antiguos

... o la fascinación actual por lo vintage.

Hubo un tiempo, cuando los años 80 se desperazaban y yo ni era adolescente, en que “antiguo“ era sinónimo perfecto de “malo“. Veía por la calle un R5 de principios de los 70 y pensaba que ese cacharro era la mayor chapuza de la historia de la automoción. Un compañero aparecía por clase con una regla de cálculo y nos descojonábamos de él.

A pesar de la amenaza nuclear, a pesar de la vuelta del liberalismo ultramontano, de Reagan, de la Thatcher, a pesar de todo, era una época optimista. Existía confianza en el futuro, se pensaba que ese futuro iba a ser mejor que el presente y, desde luego, que el pasado. “La tercera ola“, de Alvin Toffler, refleja ese sentimiento de manera muy precisa. Por lo tanto, había que anticiparse al porvenir. Como todo iba a ser mejor había que recorrer el camino del presente al futuro en el menor tiempo posible. Puedo poner un ejemplo, aunque pasó más bien a finales de los 80. Recuerdo que un amigo empezó a comprarse películas en Laser Disc, sin ni siquiera tener el artilugio que reproducía esas discos dorados y enigmáticos. Por cierto, ¿existió realmente el Laser Disc? Yo nunca vi funcionar uno. Tampoco recuerdo qué ventajas téoricas tenía.

En todo esto estaba pensando cuando he salido de la ducha. A continuación he pinchado el vinilo de “Upstairs at Eric´s“ de Yazoo y he pensado que el futuro ya no es lo que era.

martes, 7 de abril de 2009

Crisis de gobierno

Hoy hemos tenido una crisis de gobierno en España. Llevaba varios meses larvándose, entre otras cosas porque Solbes no ocultaba ya su ansia por dejar el Ministerio de Economía. Zapatero ha aprovechado para quitarse algunos lastres y para, sobre todo, satisfacer a las diferentes familias del PSOE. Me imagino que lo más transcendente es que, por primera vez desde 1993, hay un ministro de Economía que no es ni Solbes ni Rato, cuyas políticas han sido tan parecidas que sólo se han podido diferenciar en el matiz. Y, a veces, ni eso. Es decir, 16 años después, por fin ha llegado un cambio a la política económica española. ¿Será real ese cambio? ¿Se adaptará al nuevo desafío que supone el probable cambio de paradigma al que nos enfrentamos? No creo que los más sesudos comentaristas sean capaces de dar una respuesta concluyente a estos interrogantes. Aún menos podré hacerlo yo.

Yo quiero tratar de otra cosa. Para mí, si hay un error de concepto claro en los nuevos nombramientos ese es el referido al Ministerio de Cultura. Es un fallo que viene desde tiempos inmemoriales. Pensar que ese puesto lo tiene que ocupar alguien con prestigio en el mundo de la cultura es un contrasentido. Sí, es como si ponemos al lobo a cuidar de las ovejas. Es parte interesada, en el mejor de los casos (porque por lo menos alguien, los de su gremio, saldrán favorecidos), o es un zote sin el menor asomo de sentido práctico. Por mucho que le demos vueltas no hay otras opciones.

Permitidme un pequeño juego dialéctico para abrochar mi argumento. Hemos quedado que la política es el arte de lo posible. Luego, es absurdo pensar que una guionista, la nueva ministra de Cultura Ángeles González Sinde, acostumbrada a lidiar con la ficción, pueda vérselas con la realidad.

Definitivamente, quiero a un frío y gris tecnócrata en el Ministerio de Cultura. Y a un poeta loco en el de Economía.

miércoles, 1 de abril de 2009

Guía para ganar una discusión

Antes de nada, quiero resaltar el hecho de lo parada que está esta humilde bitácora. Tengo un lío tan morrocotudo en esta etapa de mi vida que no dispongo, casi ningún día, de 10 minutos hábiles para escribir mis cositas. De hecho, esta entrada la tengo pensada desde hace más de 20 días y no he podido redactarla hasta hoy. Todavía no sé si podré, me he puesto a escribirla, que ya es algo, pero en 30 segundos tengo que levantarme de la silla y salir pitando a otro sitio. Espero poder continuar cuando regrese. Y espero y deseo poder completar la entrada con cierta dignidad. La misión es complicada, estoy en el curro.

Ya estoy de vuelta. Retomemos esta historia. Como consideración previa quiero haceros notar que el título dice "Guía para ganar una discusión" y no dice "Guía para tener razón". Se puede perder una discusión y estar en lo cierto, es algo que ocurre con demasiada frecuencia. (No, no es tu caso, ignoto lector. Sí, pasa con frecuencia, como he advertido, pero no quiere decir que cada vez que perdemos una discusión es que tenemos razón. De hecho, si has pensado"a mí me pasa" cuando has leído esto es que eres de los que se creen que mean colonia).

Para ganar una discusión es fundamental creer que se tiene razón. Parece una perogrullada, pero si no piensas que estás en lo cierto te impresionará cualquier argumento mínimamente construido. Es aconsejable dejar hablar al otro al principio, que suelte todo lo que tiene. Incluso es bueno que hable más de lo que él tenía pensado. Tu misión en este momento es detectar algún fallo en su discurso. Los más habituales son las incoherencias o las inexactitudes. No siempre esos defectos anulan la versión del otro, pero resaltarlos siempre es bueno para ti. Y si el argumentario exhibido por tu oponente es débil, tu trabajo ya casi ha terminado. Puedes coronarlo con una expresión del tipo "juego, set y partido" o "no hay más preguntas señoría".

Si no has encontrado nada en el discurso de tu antagonista, puedes tratar de provocar sus errores haciéndole preguntas con intención. Preguntas cuya respuesta te vaya a dar la razón implícitamente. Esta estrategia tiene el defecto de que es muy complicada y que, si se hace mal, puede reforzar más que debilitar al otro.

Para el caso de que no puedas hacer preguntas para pillarle o no hayas encontrado falla alguna en su argumentario, no te queda más remedio que exponer tu visión de la manera más convincente posible, teniendo en cuenta dos cosas: el tipo de audiencia al que te diriges y la obligatoriedad de ser preciso y contundente. Es importante hablar menos que tu oponente porque la gente estará cansada de la discusión en este punto. La peor de todas las opciones, la que menos te asegura la victoria, es esta, así que hay que huir de ella.

Si no tenemos más remedio que abrir fuego nosotros, es necesario ser breve y resrevarse balas para más adelante. De hecho, es aconsejable guardarte tu mejor argumento para la réplica, el momento donde más daño puede hacer.

Muchas veces, ganamos una discusión y nosotros mismos la alargamos innecesariamente. Cuando el otro recurre a la descalificación personal, pretende hacer bromas o busca hablar de trivialidades, es que hemos ganado. Es el momento de callarse, de dejarle a solas con sus patéticos últimos esfuerzos por entrar en la discusión de nuevo. Si le damos bola en ese momento, le concedemos una prórroga que, seguramente, nos ganará él, porque cuenta con la ventaja psicológica de haber variado el rumbo de la conversación.

A pesar de todo lo que he escrito aquí, mi consejo es el siguiente. Si te ha convencido el otro o si no eres capaz de contrarrestar su argumentario, dale la razón. Y escucha. Y aprende. Es la manera de ganar la siguiente discusión.