viernes, 27 de febrero de 2009

Dimisiones

Recuerdo cuando en los años 80 y 90 se decía que España era un país en el que no dimitía nadie. Estamos hablando de los años de los gobiernos de González, unos años en los que se instaló en nuestro país la llamada "cultura del pelotazo". Incluso, un ministro, creo que fue Solchaga, declaró que este era el país donde uno se hacía rico con mayor rapidez. Al margen de la corrupción económica, hubo una cosa que se llamó GAL y que fue de las mayores ignominias que un estado de derecho democrático puede producir. (Estoy seguro, no obstante, de que hay un huevo de personas nostálgicas de aquella chapuza infame e indigna).

El cuadro pintado por la prensa era más que proclive a una epidemia de dimisiones de altos cargos. No ocurrió nada ni remotamente parecido, pero es cierto que dimisiones hubo. Pocas, y en situaciones casi insostenibles, como la de Luis Roldán, aunque se estuvo lejos de lo que hubiera sido deseable. En la siguiente etapa, la de los gobiernos de Aznar, no hubo ninguna, si mal no recuerdo.

Por lo tanto, es cierto, España es un país donde no dimite nadie. Es un país donde asumir la responsabilidad de un error es síntoma de debilidad. Por eso, me parece extraordinario lo que hizo Bermejo al comienzo de esta semana. Y también me parece mal. Está feo que un ministro de justicia cace sin licencia, está mal que unos jueces le quieran hacer una huelga. Sí, es cierto. ¿Es suficiente para hacerse a un lado? Mi modesta opinión es que, visto el estándar de un país en el que no dimite nadie, marcharse como lo ha hecho Bermejo es una exageración. Entiendo que la verdadera razón es que Zapatero quiere apostar de nuevo por su famoso "talante" y que todo esto ha sido una operación de mercadotecnia destinada a proteger la imagen de su acción de gobierno. Si algún ministro debe dimitir, esa es Magdalena Álvarez. Mi opinión es que Zapatero la mantiene porque le sirve de pararrayos. En cambio, la política de Bermejo, y su manera de comportarse, comprometía la imagen afable del presidente.

En cualquier caso, lo más odioso fue la actitud de Trillo al conocerse la noticia. Ahí estaba un ex ministro que debería haber dimitido. Estoy seguro que muchos militares estarán de acuerdo conmigo. Y, sin embargo, el hombre se permitió criticar a uno que sí había dimitido. A mí me sorprendió que no se le cayera la cara de vergüenza.

sábado, 21 de febrero de 2009

Animal Collective vs. Fleet Foxes

¿Qué debieron pensar los fanáticos del jazz y del blues cuando vieron a Elvis en el programa de Ed Sullivan? ¿Y los del country?

¿Qué pensaron los talibanes del folk cuando Dylan se presentó con su guitarra eléctrica en Newport? (Bueno, eso lo sabemos bien. Le pusieron a caer de un burro)

¿Qué pasó cuando las niñas que gritaban en los conciertos de los Beatles encendieron la tele y vieron a Iggy y a los Stooges en el famoso Cincinati Pop de 1970?

¿Qué ocurrió en la desencantada Inglaterra de los 70, la misma cuya realeza había condecorado a los Beatles, cuando Johnny Rotten cantó aquello de “dios salve a la reina y a su régimen fascista“?

¿Y cuando Gary Numan metió “sintes“ en un éxito pop? ¿Y en el segundo “verano del amor“, el del Smiley?

Es obvio que a muchos les pareció una marcianada, que no entendieron nada y que pensaron que esa revolución a la que asistían en primera fila no iba a ser más que una moda pasajera. Ya he dicho antes en esta humilde bitácora que eso me ha pasado a mí con El Guincho. Y sigo sin entender nada aún. Como dice mi amigo Gustavo, “no sé qué droga hay que meterse para disfrutar de un directo de El Guincho“.

Hasta hace poco me ocurría lo mismo con Animal Collective. No era tan exagerado, pero no le veía el punto. Hoy puedo decir que, gracias a su nuevo disco, “Merriweather post pavillion“, ya lo voy pillando algo. “My girls“ me gusta bastante. Aún así, puestos a flipar con voces percusivas, lo de los Fleet Foxes me motiva mucho más. Para muestra, un botón: “White winter hymnal“

viernes, 20 de febrero de 2009

Vuelve el Rave Campestre

En realidad, no es cierto, no vuelve el Rave Campestre. He sacado el título de esta entrada de una crónica en la que glosaban el retorno de Keith Flint a Prodigy (o The Prodigy, como se llaman ahora). Al leer esa frase, una ocurrencia resultona, me he dado cuenta de que es verdad, todo vuelve. Y cuando digo TODO, digo TODO.

No tires un prenda porque esté pasada de moda. ¿Os acordáis de cuando Mark Knopfler llevaba la cinta para su (escaso) pelo en la cabeza? Bueno, pues el año pasado la volvieron a poner de moda los MGMT. Por cierto, era ridículo en los 80 y es (incluso más) ridículo ahora. En el FIB 2008 vivimos una sobre exposición de individuos de ambos sexos tocados con ese ridículo complemento. Sí, he escrito 3 veces la palabra "ridículo" (bueno, en realidad, cuatro). Lo he hecho porque no hay un adjetivo mejor para la cinta para el pelo: "Ridículo".

No pienses que los 90 se fueron y no volverán. Eso creímos con los 80, y mira. De hecho, en estos últimos años no es que vuelvan cosas, es que ha vuelto todo y a la vez. O sea, estamos ante el apocalipsis cristiano, como ya he apuntado en esta misma bitácora más de una vez. Estamos en el tiempo de todos los tiempos.

La otra cara de este argumentario es de índole práctico. ¿Llegaste tarde a una revolución? No te preocupes, espera pacientemente que el autobús volverá a pasar, y quizá antes de lo que te imaginas.

Por otro lado, ¿es verdad que puede volver el Rave Campestre ahora? Podría ser, porque los de mi generación estamos a menos de 6 meses de volver a hacer botellón por la cosa esa de la crisis. Y si no, al tiempo. Ya sabemos lo que viene después del botellón. Acercamos el coche al descampado y ponemos a todo trapo la música. Y de ahí a una rave sólo está la decisión de traerse los platos de casa y comportamientos análogos.

Es momento de ser un carca. Seguro que se pone de moda. Pronto ser moderno será, en realidad, estar pasado de moda, ser un carca.
Ya se sabe que después del apocalipsis vienen las paradojas.

lunes, 16 de febrero de 2009

No sé qué dios es el mío (ni cuáles son mis hermanos)


Yo no puedo ser antisemita. De verdad, no puedo. 

Admiro mucho, pero mucho, al pueblo alemán, que se supone que es el más furiosamente antisemita. Por lo menos, si nos atenemos al periodo nazi. Yo digo, no obstante, que los alemanes nazis fueron los más fieramente sinceros pero, a principios del siglo XX, toda Europa era básicamente antisemita. Ahí esta Francia y su escandaloso Caso Dreyfus o Rusia y el fraude de los Protocolos de los Sabios de Sión. Por mucho que queramos echarle la culpa a Hitler, Europa era antisemita. Y, en cierto modo, lo sigue siendo. ¿Qué hay de España? Nosotros también hemos sido (¿seguimos siéndolo?) antisemitas. En 1492, además de descubrir América y de culminar la Reconquista, el reino unido de Castilla y Aragón echó a los judíos españoles, los sefardíes, uno de los colectivos más pujantes en aquel tiempo y en aquel lugar. 

Decía que no puedo ser antisemita, a pesar de que crea que muchos de los males de la sociedad actual arrancan del ADN judeo-cristiano que Occidente lleva consigo. Marx era judío, y le admiro como a casi ningún otro pensador de la historia. Daniel Barenboim es judío, y tiene los cojones de tener cuatro nacionalidades, la argentina, la española, la israelí y.... la palestina. No puedo odiar ni a Marx ni a Barenboim ni a, por ejemplo, Albert Einstein, otro ilustre judío. No puedo y tampoco quiero.

Otro de los judíos que admiro se llama Jorge Drexler. Una tarde de septiembre u octubre de 2001 le entrevisté, con motivo de la presentación de su, para mí, mejor disco, “Sea“. Congeniamos bastante, porque yo le hice una entrevista a calzón quitado, de esas que ahora no podría, o no sabría, hacer. Le puse a prueba, le acusé de conformista y él aguantó el tirón, se defendió con argumentos y me convenció. Me dejó un corte histórico: “Toda esta fiesta latina me tiene los huevos llenos“.

Le acerqué a casa. En aquella época Jorge vivía en El Escorial con Ana Laan, su mujer entonces. Si yo hubiera sido de otra manera, quizá hoy seríamos bastante colegas, hasta tal punto conectamos aquella tarde. Pero yo no di el coñazo y lo dejé pasar. No me arrepiento, estas cosas no hay que forzarlas (como casi nada en esta vida).

Unos tres años después sacó “Eco“, un disco en el que hizo una “Milonga del moro judío“, basada en un poema de Chicho Sánchez Ferlosio

Me resulta muy fácil estar cerca de TODO el mundo, porque no puedo creerme más lo que dice Jorge Drexler (“vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste“) en esta “Milonga del moro judío“

No me siento de nadie, por eso no estoy en contra de nadie.

sábado, 7 de febrero de 2009

1989

Llevo varias días escuchando “Journeyman“ de Eric Claton, un disco que se publicó en 1989. Yo tenía 19 años, ese verano me saqué el carné de conducir e ingresé en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Vivía con otras tres personas, de las cuales ya sólo queda viva una. Si en algún momento de ese año me hubieran dicho a qué me iba a dedicar no me lo hubiera creído. Hay muchas claves, no obstante, en aquellos 12 meses que explican qué ha sido de mí. Ese fue el año que dirigió mi vida hacia donde está ahora. 

2009 es el vigésimo aniversario del Año Que Cambió Mi Vida.

Apenas llevamos 40 días consumidos de 2009 y no puedo aventurar si cambiará mi vida otra vez. Me gustaría que no lo hiciera, tengo muchas ganas de estabilidad, de fijar rutinas. Han sido muchos años de vaivenes, de idas y venidas, de sobresaltos, de buenas noticias que no terminaban de producirse, de mucho trabajo para obtener victorias pírricas.

Necesito costumbres inamovibles, como comer todos los lunes en el mismo sitio, con mis amigos Klitos e Ilf. Hacer más o menos lo mismo todas las semanas. No salirme del guión establecido por mí mismo. 

En 1989 mi disco favorito era “Journeyman“, de Eric Clapton. Ahora sé que ese año se publicaron álbumes mucho mejores, álbumes que hoy me gustan más que ese. El propio Clapton tiene trabajos, tanto en solitario como en compañía de otros, mucho más bonitos e importantes. Hay algo, de todas maneras, en “Journeyman“, y en el vinilo que me compré ese año, que es el mismo que está sonando ahora. Creo que es un sonido amplio, un sonido como el que solían tener las cosas, todas las cosas, cuando era un post-adolescente. Es algo que echo de menos. Siempre he dicho que la adolescencia es esa época de la vida en la que te crees que todo va a ser eterno. No busco eternidad ahora, dios me libre. Busco a la sobrina aburrida de la eternidad, la rutina.

La verdad es que yo siempre fui como quiero ser ahora. Un tío al que le mola hacer siempre lo mismo. O sea, un adicto.

viernes, 6 de febrero de 2009

Lacedemonios y atenienses

Después de acabar con el tocho de “Las benévolas“ he decidido que sólo me voy a enfrentar a volúmenes de más de 500 páginas. Ahora estoy con el gran Tucídides y su modélica “Historia de la Guerra del Peloponeso“, libro que me ha regalado Vicky. En cartera tengo “De la Guerra“ de Von Clausewitz, un libraco al que quiero echarle el guante desde que me lo pillé por cuatro perras en el VIPS de López de Hoyos.

Llevaba unos años consumiendo libritos de menos de 200 páginas, ligeritos. También muchos tebeos. No tenía tiempo para leer tranquilamente y saborear un párrafo, una frase, durante varias horas. Quizá en este momento de mi vida tenga menos tiempo aún, es cierto. La diferencia es que ahora quiero compartir viaje durante meses con un libro, desmenuzarlo, aprehenderlo, empaparme de él. No quiero leer libros, quiero meterme en los libros. Nada me apetece más en este momento.

Tener a menos de un metro en todo momento las palabras de Tucídides es cojonudo. Llevo varias días con las primeras páginas de la “Historia de la Guerra del Peloponeso“. En circunstancias normales hubiera acabado con ellas en menos de media hora. Si hubiera hecho eso no habría reflexionado sobre el oficio de historiador, ni sobre las diferencias entre historiador y periodista, que siguen sin estar muy claras para mí. ¿Un historiador es un periodista del pasado o un periodista es un historiador de la actualidad? Tucídides fue testigo de muchos de los hechos que relata, aunque nos advierte que eso no es garantía de una mayor veracidad. ¿Es un periodista o un historiador? Lo que es claro es que no es un poeta, como Herodoto u Homero. Busca la verdad, no el deleite estético ni el ventajismo político. (En la España de hoy vive un tío que afirma que es historiador, que es ex terrorista del GRAPO, al que no le interesa la verdad. Y hay otro que tiene un programa de radio por la noche y dice que es un experto en country, al que tampoco le interesa nada esa señora recia y poco sexy que hemos dado en llamar verdad).

jueves, 5 de febrero de 2009

Decálogo de cosas positivas que nos va a traer la crisis

Podemos engañarnos y pensar que la crisis esta va a ser como la del 93 y que va a durar dos telediarios. Es una opción, pero no la recomiendo. Resistir el alud de malas noticias que todos los días nos vomitan los medios de comunicación es la condición indispensable para poder creernos una milonga como esa. Y resistirlo es casi imposible, además de agotador. Si además sumamos el durísimo invierno que nos estamos papeando habrá que suprimir el "casi" y dejarlo en imposible del todo. Hay que "hacerse a la idea de que sube la marea"* y que nuestra generación ingresa en la madurez en unos tiempos de crisis. No hay más remedio que adaptarse lo mejor posible a esa realidad, "a escupir a la cara a estas malas tierras, para que empiecen a tratarnos bien"**.

Este es un (apresurado) listado de cosas positivas que nos va a traer la madre de todas las crisis.

1. Ya ha acabado con la teorías económicas "neo con". Y con el mito de que el mercado se regula a sí mismo.

2. Acabará con el Capitalismo y con nuestra dependencia del petróleo.

3. Para los de mi generación: Llegaremos a la 3º Edad en un mundo que ya ha superado una crisis y podremos tomarnos un respiro después de tanto trabajar (y cavilar).

4. La frivolidad se va a pasar de moda.

5. Aprenderemos a pasárnoslo bien sin gastar un duro. Un paseo por el parque y un litro en un banco serán el equivalente de ir al cine.

6. El turismo, el mal absoluto de nuestra sociedad, entrará en recesión. No vendrán paletos a España y nosotros no los mandaremos al extranjero. Volverán las vacaciones de tirarse un mes en la playa o en el pueblo tocándonos los cojones.

7. Habrá mejor rock, en un sentido amplio de la palabra. En el sentido más amplio.

8. Aprenderemos de nuevo que las cosas cuestan dinero y que nada es gratis.

9. No existirán los periódicos gratuitos.

10. Como casi todos los trabajos serán una puta mierda y estarán mal pagados, ya no tendremos ambiciones de engordar nuestro CV. Y esa energía la gastaremos en vivir.





* Parafraseando a Joan Bautista Humet y su "Hay que vivir"
** Parafraseando a Bruce Springsteen y su "Badlands".

miércoles, 4 de febrero de 2009

La cadena del “torito“


Definitivamente, añoro los tiempos en los que sólo había un canal y medio en España. Todo empezó a ir mal con la llegada de la televisiones autonómicas, se puso muy feo con el advenimiento de las privadas y el fracaso de la “tele a la carta“ de las plataformas digitales puso el último clavo en el ataúd de la “caja tonta“. Aún así, después del agotamiento de las fórmulas que han dominado los últimos años en la tele hispana (telenovelas, tomates, OT`s y otras hierbas) parecía que ya no se podía caer más bajo.

Nos equivocábamos.

Por la TDT actual pululan unos canalillos que dicen que son de televisión, aunque en realidad son de radio. En todos los programas de esos canalillos sale gente rajando, básicamente de política (bueno de pholitika), de economía (en realidad de hekonhomía) y de fútbol. Tres cámaras en un plató anodino, un general y dos cortos, ni un puto contraplano, ni un paneo, ni un transfoque, ni un detalle de manos, nada. La iluminación siempre es la misma, pelotazos de luz blanca sin matices (como se iluminaba cuando la tele era en blanco y negro). Para eso, es mejor juntar a los indocumentados que van a esos programas en un estudio de radio, ponerles delante unos micros duritos, para que cuando hablen todos a la vez no sea un guirigay insalvable, y que digan sus gilipolleces. Lo peor de todo es que, encima, manchan la pantalla con mensajes del pueblo repletos de insensateces y de faltas de ortografía.

De esos canalillos el peor es el del “torito“, que encima tiene ínfulas. Bueno, no he visto nunca Telefacherico, me temo que no será mucho mejor.

Lo mejor de la jugada del Wyoming es que se la ha hecho a uno de esos canalillos, (sí, el del “torito“). De paso, ha mostrado las técnicas periodísticas de los de la Teoría de la Conspiración. Huy, perdón he puesto “técnicas periodísticas“ cuando lo más correcto hubiera sido escribir técnicas pheriocítricas o algo similar.

PS: He escrito esta entrada porque cuando damos con un canalla hay que decirlo. No es darle importancia. Yo diría que es ponerle en su sitio, un poquito más abajo del betún, al fondo a la derecha.

martes, 3 de febrero de 2009

Malcolm

Esta va a ser una entrada triste, manchada por la nostalgia y herida por el tiempo que se fue. El que no quiera deprimirse, que pare aquí.

El 29 de octubre de 2004 escribí en esta humilde bitácora acerca de un disco que me había comprado ese mismo día. Era uno de Malcolm Scarpa, un músico del barrio de La Concepción que en los 90 había hecho, como dice mi amigo el Crápula, lo-fi sin saber que era lo-fi. Tengo un recuerdo vívido de una tarde en Radio Vallekas, cuando estábamos en la calle Párroco Emilio Franco. Un programa de la emisora, que no era el mío, ponía una canción de Malcolm que me sonó a gloria. Ya le había visto en directo varias veces y le había entrevistado una vez. (En el par de años siguientes le volví a entrevistar otras dos veces más). Para mí el trabajo de Malcolm en aquella época era la destilación perfecta del pop, canciones de menos de dos minutos de estructura sencilla: verso + puente + estribillo, y ya está. Sólo una vez. Me acuerdo que él decía que repetir el estribillo era una decisión comercial, para adecuarse a las duraciones que pedían las radios, pero que no surgía de ninguna necesidad artística.

En aquella época yo tenía 25 años y un programa en Radio Vallekas a medias con mi amigo el Crápula. No había terminado la carrera de Derecho y no tenía ni idea de qué iba a ser de mi vida. Era feliz porque mi futuro estaba en blanco. Y Malcolm es uno de los que ponía banda sonora a aquellos años.

Hoy he visto a Malcolm por primera vez en este siglo XXI. He charlado brevemente con él en un pasillo. Ha sido demoledor. Está decrépito, roto y hastiado de la vida y la raza humana. Ya no está con nosotros, ha perdido el contacto con la realidad.

Ha sido un amargo recuerdo de que ya no volveré a tener 25 años y de que mi futuro ya no está en blanco.