Biografía de Gregorio Puñal

Hay momentos que definen toda una vida. La de Gregorio Puñal solo puede ser explicada a raíz de su famosa respuesta al rey de España. Un anarquista había atentado contra la vida del monarca, había sido apresado y comparecía ante la autoridad. En ese momento, el rey le ordenó a Puñal, su primer ministro, que lo fusilase. Y este le contestó:

"Majestad, no encuentro ninguna razón para obedecerle".

Gregorio Puñal nació en Atalaya de Cañavate, un pueblo situado en plena llanura manchega. Su padre era maestro de escuela y su madre, pintora de gran prestigio, llegó a exponer su obra en el extranjero.

El joven Puñal fue un estudiante pésimo. Era indisciplinado y, en ocasiones, violento. Ese aspecto de su biografía ha sido silenciado por los historiadores, temerosos de ensuciar la imagen del político español de mayor altura del siglo XIX. Al poco de cumplir los 18 años se trasladó, o más bien huyó, a Madrid. Desempeñó todo tipo de oficios, de afilador a tendero, para acabar escribiendo de toros en "El Liberal". Su faceta de periodista, en la que más cómodo se sintió según sus propias palabras, duró casi una década. Desde las páginas del periódico Puñal opinaba de todo, con rigor y coraje, lo que le valió convertirse en uno de los hombres más influyentes del país.

Cuando diversas personalidades de la política y la intelectualidad decidieron crear un partido burgués (el Partido Confederal), pero con vocación de llegar a las masas, pensaron en Puñal. Primero iba a ser una especie de asesor, con funciones equivalentes a las que tendría en la actualidad un jefe de prensa. Su personalidad arrolladora, no obstante, se impuso y fue elegido Secretario General con el apoyo de casi todos los militantes. Parecía que el Partido Confederal iba a correr la misma suerte que el Partido Republicano de Castelar, pero el empuje de Puñal fue capaz de romper el duopolio que en aquella época formaban el Partido Liberal y el Partido Republicano.

El rey se resistió un tiempo a nombrarle primer ministro. Incluso concibió el disparatado proyecto de formar un gobierno de concentración con el socialista Pablo Iglesias al frente. Puñal no se lo perdonó nunca y las relaciones entre ellos nunca fueron, en modo alguno, cordiales. La negativa a condenar a muerte al anarquista se convirtió en el último capítulo de una historia plagada de desencuentros. En la época se intepretó la actitud de Puñal en el contexto de esa enemistad. Era obvio que el primer ministro no soportaba al rey, al que consideraba inculto, caprichoso y poco preparado para liderar a España en el necesario camino a la modernidad. Hoy, la historiografía más autorizada opina que Puñal actuó por genuina convicción, aun cuando sabemos que no siempre se condujo de esa manera.

Poco tiempo después dimitió y volvió al periodismo taurino. Sus últimos años los dedicó a asistir a la tertulia que todos los miércoles se celebraba en el Café Sava, un local situado en frente del Museo del Prado, en Madrid. A esas reuniones asistían los jóvenes cachorros del regeneracionismo que pretendieron convertir a Puñal en una especie de patriarca, de líder espiritual. Pero él ya no estaba para bailarle el agua a nadie y, poco a poco, fueron abandonándole.

Gregorio Puñal falleció en su casa de Madrid, una soleada mañana de verano. Algunos dicen que fue envenenado pero lo cierto es que su muerte fue certificada como natural. Fue una fugura olvidada durante mucho tiempo, principalmente porque su pensamiento y su actividad política fue muy compleja, lo que impedía clasificarle dentro de algunas de las tendencias mayoritarias. Al margen de sus crónicas taurinas, recopiladas en varios volumenes, Puñal escribió un pequeño tratado que resumía su pensamiento, Apuntes para una España nueva, y una novela, Tijeritas, escrita en sus años de juventud.

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