Los toros

El viernes pasado fui a una corrida de toros a Las Ventas. Hacía más de 10 años que no iba. Ocurrió de casualidad, a un amigo le sobraba un pase y como vivo muy cerca de la plaza ni pasé por casa. Me planté allí con un fluorescente que acababa de comprar. Actuaban El Fundi, Domingo López Chaves y César Jiménez con toros de Baltasar Ibán. Sólo pude quedarme a cuatro toros porque tenía que ver como el Estu certificaba su permanencia en la ACB.

Estos días estoy devorando un libro, "El hilo del toreo", de José Alameda. De su lectura estoy sacando la conclusión de que la Tauromaquia está, en estos momentos, en un momento casi imparable de decadencia rococó. Alameda reconstruye en su texto una sucinta historia del toreo deteniéndose exclusivamente en los cambios de dirección. Me llama mucho la atención que, a la altura de la muerte de Joselito, se acaban las variaciones de rumbo. Primero, se destilan las fórmulas (Chicuelo), luego, se elevan a la máxima expresión (Manolete, Antonio Ordóñez) y, más adelante, se pervierten (El Cordobés, Jesulín). Aunque parezca mentira, hoy, gustan más los toros que hace 100 años. Hay más corridas, hay más toreros, hay más toros, hay mayor atención popular y mediática que nunca en la historia. Es paradójico que este auge corresponda a un momento de decadencia filosófica de la fiesta de los toros.

Aún así, tengo que decir que me siguen gustando los toros. Desde que vi por la tele la famosa corrida de los Victorinos en 1982 ha sido así. Y leer a un genio como Joaquín Vidal en El País también ayudó mucho a acrecentar mi afición. Hay algo extraño en los trajes de los toreros, en los resoplidos de los toros, en el ruido de la plaza toda. Algo extraordinariamente magnético que sigue llenando cosos, a pesar del mediocre espectáculo que se ofrece casi siempre. Quizá la clave esté en ese "casi", en esa expectativa de ver un natural templado ligado a otro natural aún más templado, ligado a otro mucho más templado que el anterior,... Estar a un segundo del cielo y a un segundo del infierno.

Me gusta ir a los toros. La tropa fuma puros, bebe alcohol, se expresa en libertad acerca de lo que pasa en el ruedo. Hay gente de todo tipo, de todas las clases sociales, de todas las tribus. Y está el toro, ese animal casi perfecto, un animal que no parece un animal, tan bonito en la forma como en el fondo.

Entiendo que haya personas a las que no le gusten los toros. No quiero convencer a nadie con esta entrada. Sólo pido que, aunque no entiendan el por qué me gustan a mí, me dejen tranquilo.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
¿Has leído la biografía de Juan Belmonte escrita por Chaves Nogales?
Es de lo mejor (incluso para aquellos a los que no les guste la fiesta nacional).
Nacho ha dicho que…
¿Qué tipo de fluorescente? Odio algunos, pero afortunadamente en mi empresa han cambiado de proveedor de material de oficina y me acaban de dar un Stabilo Boss de toda la puta vida, me ha recordado las horas tediosas en el colegio mirando a las musarañas, hora tras hora.

Bull.
Vencido ha dicho que…
Un fluorescente... que no funciona. Tendré que volver a la ferretería a reclamar la pasta o llamar a un electricista.

¿Stabilo Boss? ¿No era una marca de bolis?
Vencido ha dicho que…
No, no he leído lo de Chaves Nogales. Le echaré una visual pronto, es una de mis muchas lecturas pendientes. Lo que todos los años me devoro es "La edad de oro del toreo", una compilación de crónicas firmadas por Gregorio Corrochano que todo periodista y/o escritor debería leer.