"Barrio, barrio, que tenés el alma inquieta de un gorrión sentimental"

El tango inmortal que me ha ayudado a titular esta entrada es "Melodía de arrabal", y lo cantó Gardel. Y lo compuso también, junto a su amigo Alfredo Le Pera. Está claro, voy a hablar de barrios. O sea, de mi barrio.

Lo suelo decir con mucha frecuencia. "A este tío le falta barrio", "es un chico de barrio, le respeto". Eso de ser un chico de barrio tiene que ver con respetar una serie de normas, muy sencillas y muy básicas. Esas reglas suelen hacer hincapié en dos conceptos: Jerarquía y Respeto. Jerarquía que te ganas con tus actos y no con tus palabras y Respeto a quien se lo merezca, seas quien seas y vengas de donde vengas. Todo se resumía en un máxima sin excepciones: "Si no quieres que te toquen los cojones, no los toques tú".

Mi barrio ahora es un barrio pijo. Puede que en los 80, puede que en la primera mitad de los 80 también fuera así. Pero en mi barrio estaba, en aquella época, el Parque del Roto, base de operaciones de la violenta Panda del Moco. En mi barrio andaba merodeando El Rubio, un tipo supuestamentente peligroso, que tiraba de cheira a la mínima y que tenía "toda la cara de platino". Al Rubio le gustaba jugar al billar, pero era muy malo. Yo le ganaba siempre. A veces, cuando estaba por meter la negra, en mi cabeza rondaba la idea de dejarme ganar para evitar problemas. No lo hice nunca y El Rubio tampoco mostró ninguna actitud violenta conmigo. Seguro que El Rubio era un facineroso pero también era un chico de barrio. Si te comportabas de manera normal, no te iba a hacer nada. Aunque lo destrozaras al billar.

Hay muchas historias que contar del barrio. Las peleas de perros, los piques con las motos, las tardes de billar, las noches de billar, la irrupción de la cocaína, la aparición de la Heroína Fumada, o sea Los Chinos, los partidos de fútbol, el fin de semana en el que Ernesto se escapó de su casa, la semana en la que me desplazaba a los sitios en una moto robada, las largas conversaciones en el Parque de los 2 Bancos, las chicas (Mónica, H Hoffmann, Matilde, Beatriz, Mamen, etc,...), el futbolín del Andra Mari, El Cobacha, la costumbre de colarnos en las piscinas de los bloques de edificios colindantes por las noches, los caballitos del Vico, El Medi,... Y tantas y tantas cosas más como los jerseis Privata o los vaqueros grises, el pintor loco que se creía que los gorriones eran la policía secreta de la Guardia Civil, los yonquis del Marca, las Calles Numeradas, el kioskero idiota que quería "su parte del pastel". Paro, porque este párrafo ya ha dejado de tener interés para nadie que no sea yo.

Recuerdo el barrio con nostalgia mitificadora. Cuando veo que me estoy pasando, trato de acordarme de una cosa:

Mis dos mejores amigos cuando yo tenía quince años acabaron enganchados a la heroína y en la cárcel. A uno de ellos lo ví en el Festival de Monegros el año pasado. Seguía siendo un yonqui.

No cualquier tiempo pasado fue mejor.

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