20 minutos

Por circunstancias que no tengo demasiadas ganas de explicar la relación que mantengo con mi coche es claramente pecaminosa. Por eso, cuando estoy sin él, me pasan cosas raras. No soy yo mismo. Ayer, incluso, viajé en metro. Hice todo lo que pude pero era lo más lógico. Lo viví como una derrota.

La última vez que utilicé el metro (de Madrid) para transportar mi humanidad de un punto a otro debió ser algún día del 98 o 99. No tengo recuerdos de aquella triste jornada, sólo sé que hice un pacto conmigo mismo. O sea hice un pacto para engañarme. Contra todo pronóstico conseguí cumplirlo hasta el lunes.

La experiencia de ser uno más de los seres humanos que engrosan un vagón de metro es muy poco satisfactoria para mí. La memoria que tengo de cuando no había otra que utilizar la red de metro es que todo allí huele raro, sobre todo en los andenes. Hiede como a metal. Ese mismo olor lo experimenté en la primera ocasión que usé el metro, hacia el año 1984 (¿de qué me suena este número?), y desde aquel magno acontecimiento lo seguí sufriendo siempre que tenía que enterrarme para llegar a algún sitio.


Ayer el metro no olía a metal. Ni a nada. Aunque la gente seguía teniendo la cara a-humana que se te queda cuando bajas por allí.


Menos mal que fueron sólo 20 minutos.

Comentarios

djflow ha dicho que…
¡Bienvenido al infierno underground!
Anónimo ha dicho que…
¡Clasismo!
¡Aburguesamiento!
¡Menospreciooooooooooo!
Vencido ha dicho que…
¿Clasista?. Sí.

¿Burgués?. Sí.

¿Qué culpa tengo yo de ser un ácrata de derechas?.