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El otro día conocí a un monje zen

El otro día conocí a un monje zen.

"Es lo que siempre digo para ahorrarme un montón de preguntas", me comentó nada más revelarme su condición.  "Pues si me dices una cosa así, conmigo te aseguras que te haga ese montón de preguntas que tratas de evitar", le contesté con hilaridad.

Inmediatamente antes me había dicho que, para ganarse la vida, ejercía de comercial, en un intento de evitar esas explicaciones que no quería dar. Lo comprendo perfectamente, tiene que ser muy aburrido explicar el budismo una tarde de junio en Madrid con temperaturas superiores a los 30 grados como corolario a una presentación de un libro. Pero yo sentía curiosidad, mucha curiosidad.

Obviamente, sólo me dio algunas nociones. Noté que, en realidad, me ofrecía datos teóricos, como la enorme cantidad de escuelas budistas que existen, las diferencias entre las del norte y del sur. Casi podría decirse que evitaba conscientemente entrar en el meolllo del asunto. Creo que lo pasamos bien, que y…

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