lunes, 9 de abril de 2018

"I've been higher than the High Sierra"

A-c-o-j-o-n-a-n-t-e


Cuando estas tres tías cantan a coro este "High Sierra" me doy cuenta de la única verdad que estoy en condiciones de defender. Se resume en la siguiente frase:

"¿Cómo coño me voy a preocupar de lo ultra terreno si lo terreno es tan hermoso, tan insondablemente hermoso?"

Y aún añado más. El único paraíso que conozco está en esta pelota azul que da vueltas al sol. Y se aparece muchas veces, por ejemplo cuando Emmylou, Dolly y Linda cantan canciones tan maravillosas como "High Sierra".

Emmylou, Dolly y Linda grabaron dos discos a trío, que llamaron "Trio" (1987) y "Trio II" (1995). "High Sierra" está en el segundo, el de los 90. Recuerdo cuando la escuché por primera vez, en el programa de Manolo Fernández. Se me puso la carne de gallina, algo que me sigue ocurriendo.

Al parecer son bastante amigas desde hace mucho tiempo. En un programa de la tele americana en los 70, presentado por la propia Dolly, hicieron esta barbaridad. 

La leche

¿He dicho alguna vez que mis cantantes favoritas son las de country?.

Pues eso.

domingo, 8 de abril de 2018

Requiem por los VIPS


El VIPS de Velázquez con López de Hoyos era mi zona de confort. Mi rincón favorito, el lugar al que siempre he acudido en busca de cierta paz. Era un sitio en el que podía vagar rodeado de cosas que me gustan. Aunque hace ya tiempo que dejaron de vender música ahí había libros, revistas y gadgets curiosos. El objetivo era curiosear, dejar pasar el tiempo, borrarme de los demás, hacer una inmersión en mí mismo. A veces hasta compraba algo, incluso descubrí una noche noventera a uno de mis autores favoritos, como ya consigné en esta humilde e innecesaria bitácora. En los 90 compraba todas las semana el NME o el Melody Maker. Y últimamente, me hacía con revistas de historia, que me apasionan.

En los 90 fue una especie de refugio para mí. Recuerdo otra noche, muy de madrugada, en la que espanté algún demonio que otro cenando en soledad mucho más tarde de las 12. En otra oportunidad planeé una conspiración para recuperar mi vida comiéndome el único "Sandwich Club" que me he tomado nunca, aunque no fue en el de Velázquez sino en el inmortalizado por Moris en su "Nocturno de Princesa". Los VIPS solían ser donde yo superaba mis resacas dando cuenta de pantagruélicos desayunos.


Y aquí estoy ahora en el VIPS de Princesa...

Mi primer recuerdo de un VIPS es, de nuevo, el de Velázquez con López de Hoyos. Estoy casi seguro que fue en algún momento de finales de los años 70. Fui con mi padre. Creo que aparcó el 128 blanco que en aquella época nos llevaba y nos traía en esa callejuela estrech que, sin embargo es una importante arteria de Madrid.. Casi todos los recuerdos de aquel día son borrosos, menos uno. Me acuerdo perfectamente de la sensación que me produjo esa primera visita. Sentí una fascinación pura, como sólo puede experimentar un niño de menos 10 años y con muchos pájaros en la cabeza como era yo. Me llamó la atención el colorido y la luz. No sé, me sentí cómodo. Creo que también era el rincón favorito de mi padre.

2018 ha traído un replanteamiento en los VIPS. Ya no hay tienda, ya sólo es un lugar donde comer. Y no es lo mismo. Parte de la experiencia era, para mí, comprarme una revista, incluso el periódico, y pasar a la zona de restauración. Eso ya no es posible. Por lo tanto, para mí es como si los hubieran cerrado.

Hace como un mes fui por última vez a un VIPS, al mío concretamente. Estaban vendiendo las últimas existencias, creo que ha sido el último que ha dejado de ser una tienda. Me compré una revista y un Moleskine. Me fui triste, porque fue una despedida. Pero también había algo de alegría porque paso a otra fase. Tendré que buscar otro rincón privado.

Los cambios siempre son para bien, aunque duelan.

sábado, 7 de abril de 2018

El final del largo y oscuro túnel


Siempre fue un chico con ganas de vivir. Era un poco lelo y no parecía darse cuenta de que respirar, sólo el mero hecho de respirar, duele. Cuando, como nos pasa a todos, no se cumplían sus sueños el muy infeliz seguía creyendo en ellos. Su propia inocencia le protegía de lo que esa condición suya provocaba en su vida. El azar es ciego, no tiene en cuenta la pureza de corazón de gente como él. Es sólo una sensación, pero a veces parece que ensaña con esas personas. Nunca les toca la lotería, siempre se lleva la quiniela de 14 un miserable o un idiota.

El pobre diablo creía en la Amistad, a pesar de que tenía malos amigos, indignos de ese nombre, especialmente uno. Un día se dio cuenta y los dejó atrás. Pronto comprendió que no podía vivir sin amigos, aunque fueran tan malos como los que había tenido. Hizo otros nuevos que eran sólo un poco mejores que los antiguos.

Le llenaba su trabajo y lo hacía bien. No sentía la necesidad de publicitar sus logros profesionales. En consecuencia, sus compañeros se aprovechaban de él para lograr prestigio, notoriedad y aumentos de sueldo. Él creía que no le importaba, que su momento iba a llegar. Cuando se convirtió en un cuarentón sobrevenido vio claro que su espera es y sería siempre infructuosa.

Siempre trató de ser empático con las mujeres a las que amó. Rara vez le tomaron en serio. Fracasó también en lo de tener pareja y construir un futuro junto a ella.

Un día de noviembre se le hizo de noche. Dejó de ver amaneceres. El futuro dejó de existir. Todas sus derrotas se le cayeron encima.

Hace un rato me he tomado un tercio con él. Le he visto bien, hasta parece otra vez ese incorregible soñador que siempre había sido. Su vida sigue siendo una mierda, eso no es lo que está cambiando. Me dijo que es consciente de que nada va a ir a mejor. El triunfo no le sonreirá en ningún aspecto de su vida. La esperanza no ha vuelto a su corazón. Como no entendía nada, me miró de arriba a abajo, sonrió un poco, y me dijo que, a pesar de todo, a pesar de todas las oportunidades perdidas y de todas las que perderá tiene más ganas de vivir que nunca. No sabe cómo, no sabe con quién, no sabe para qué, pero quiere comerse la vida a bocados. "¿Más que antes?", le pregunté. "Menos que mañana", me contestó.


Here comes the sun

domingo, 25 de marzo de 2018

En el aire



Acabo de despegar y voy a matarme. La moto en la que viajaba ha impactado con un cuerpo extraño, no estoy seguro de qué es y nunca lo sabré. Estoy volando con destino a una pared de hormigón que acabará conmigo. Me quedan 3 segundos de vida. Llevo en el aire una décima de segundo.

Sé que es el final y sé que tengo que hacer balance, sé que mi banal existencial se termina. No era lo que esperaba pero las cosas salen como salen, no como uno las planea. "Lo que sucede conviene". Termino de lamentarme.

Me quedan 2 segundos y medio.

Más vale que me dé prisa. Se acabó lo que se daba. Repaso en un instante muchos de los momentos clave de mi vida. La infancia, el estreno sexual, tanto en solitario como en compañía, la mañana en la que la conocí a ella, la tarde en la que decidí mi destino profesional, la noche en la que decidí dejarme llevar. Paso de puntillas por todos estos eventos porque no hay otro alternativa, estoy apurando todas mis opciones.

Me queda 1 segundo y medio y aún no estoy listo para irme.

Más rápido intento recordar lo que yo considero mis logros. Resulta que no hay muchos. Quizá de lo que más orgulloso estoy es de que no he hecho sufrir casi nada a casi nadie. Seguramente porque soy extremadamente anónimo.

Me queda 1 segundo.

Debo arrepentirme de mis pecados. Para mí Dios no existe aunque la cultura en la que he crecido es cristiana, basada en el perdón, en el sentimiento de culpa, en el, sí, arrepentimiento. Examino todo cuidadosamente. Llego a una conclusión.

Me queda 1/2 segundo.

Hay una cosa que volvería a hacer de manera distinta. Te diría que entráramos en el Angie para "la penúltima". Lo pensé. Estuve a punto de hacerlo, estábamos los dos delante de la puerta. Por una razón que no alcanzo a comprender permanecí en silencio. Incluso en esta situación quiero pensar que hay una salida, que tendré una segunda oportunidad

Ya he llegado a la pared de hormigón. No siento dolor. Un fogonazo blanco ciega mis ojos.

No sé dónde estoy. No sé si soy. Quizá todo esto es un sueño. Quizá estoy despertando de él. No sé si me estoy yendo o estoy volviendo, ambas sensaciones son idénticas, como dos gotas de agua. Pronto sabré que está pasando.

Una cosa es cierta, he aprendido algo de mí mismo justo cuando cuando se supone que no tengo tiempo material para ponerlo en práctica.

Curioso animal es el ser humano. Es extraño que haya llegado tan lejos.

martes, 20 de febrero de 2018

She



El otro día me perdí en un rostro ya conocido. Puede ser el más bonito que he visto en mi vida. Debería decir que es improbable que me vuelva a encontrar jamás con una cara así. Mi propia experiencia me obliga a ser prudente en mis vaticinios. Siempre vendrá, siempre ha venido, algo mejor que lo anterior. O por lo menos distinto, ni superior ni inferior. En este caso, nada de éso vale, ni lo vivido ni las reflexiones sobre lo vivido. Nada más hermoso que esa cara, que ese rostro. She may be the face I can't forget.


Charles Aznavour - She (1974)


El amigo Charles Aznavour cumplirá 94 pirulos el próximo mes de mayo. Su carrera profesional profesional empezó siendo un niño, antes de la II Guerra Mundial y, que yo sepa, sigue sin retirarse. Su voz tiene una textura suave y firme. Es vulnerable y, al mismo tiempo, es la más confiada de mundo. Cuando te sientes así es que te pasa una cosa muy concreta. Esa es quizá la circunstancia que explique que de la garganta de este ilustre francés de origen armenio hayan salido las mejores canciones de amor del siglo XX. Entre ellas, "She", que conoció bastante éxito en los 70 y que volvió a la actualidad cuando formó parte de la BSO de "Notting hill". Ahí es cuando yo la descubrí.

Por aquel entonces era un veinteañero tan tonto como ahora y pensaba que uno de los valsecitos del "XO" de Elliot Smith era mi balada favorita. Sobre todo por el estribillo. I'm never gonna know you, but I'm gonna love you anyhow.


Elliott Smith - Waltz #2 - 1998


La primera vez que escuché esta melodía me dio la sensación de que ya la conocía, algo totalmente imposible. Se produjo una conexión extraña e inexplicable. Si no fuera hijo de la Ilustración diría que aquello fue mágico. Como si esa canción ya estuviera en mí desde siempre. Cuando experimentas esa sensación de familiaridad con alguien, como me pasó con "Waltz #2", es que te pasa algo muy específico con esa persona. Lo que me pasa con ese rostro.

Pasó el tiempo, llegó el siglo XXI, y me encontré con la canción que mejor explica lo que experimento cuando aparece en mi vida esa cosa tan específica, tan concreta. Hey Lloyd, I'm ready to be heartbroken, cause I can't see further than my own nose at this moment.


Camera Obscura - Hey Lloyd, I'm ready to
be heartbroken (2006)


Como es público y notorio este canto a la inocencia de Camera Obscura fue una respuesta directa a otro temazo, que data de los años 80. Not even the government are gonna stop you now, but are you ready to be heartbroken?


Lloyd Cole & The Commotions - Are you
ready to be heartbroken (1984)


Por supuesto, la respuesta a esta canción del primer disco de Lloyd Cole & The Commotions, "Rattlesnakes", es la que dio Tracyanne Campbell al frente de Camera Obscura. La que, a pesar de todo, yo sigo dando.

Sí.

She.

domingo, 4 de febrero de 2018

"De alguna manera"


Si haces radio tienes que tener cuidado con eso que llamamos "muletillas". No es mi intención hacer un texto en esta humilde bitácora sobre teoría y práctica radiofónica pero sí necesito hacer una pequeña intro sobre esta materia para que todo se entienda mejor. Las "muletillas" no son malas, están ahí para ayudarte. Sirven para hacer tiempo cuando no tienes claro qué vas a decir a continuación. Y también sirven para que el oyente te comprenda fácilmente, sin necesidad de perder el tiempo con explicaciones que, además, pueden confundir más que aclarar. Las "muletillas" sirven para ganar tiempo. Se deben de utilizar, pero no se debe de abusar de ellas. Y si se abusa de ellas al final, lamentablemente, no pasa nada. Conozco un radiofonista mucho más importante que yo que las utiliza constantemente y, lo que es peor, mal. Si tienes cierto carisma y estás muchos años en el mismo sitio lo mismo hasta te va bien siendo un analfabeto.

Hay una cosa que es peor que usar "muletillas". Ser consciente de que usas mucho una en particular termina siendo un desastre mucho mayor que, simplemente, abusar de ella. Es cuando tratas de evitarla por todos los medios y no puedes, porque lleva mucho tiempo ahí y no sabes hacer nada sin ella. Hablas peor, se te entiende mal y pierdes el tiempo. Todo ello lo resuelves si usas esa "muletilla" de la que eres consciente y que estás empeñado en eliminar de tu discurso.

Muchas veces "el otro", entendido como "el otro genérico", es una "muletilla". En este mundo frío y despiadado, en el que, más que nunca, la imagen lo es todo y una frase es un pensamiento completo, "el otro genérico" es una "muletilla" y no un apoyo. No queremos/quiero depender de nadie y si tengo que hacerlo, tengo que ir variando a las personas que me ayuden a construir mi vida. El Amor Romántico es malo, nos hace dependientes y felices. Preferimos ser independientes y moderadamente felices porque sabemos, gracias a la lógica del capitalismo, que siempre hay algo mejor esperándonos. Odiamos el dolor y para huir de él nos sometemos a un amor con reservas, un amor en minúsculas, que nos hace aceptables socialmente. En otro tiempo a ésto se le llamaba "conformarse". Es una perfección imperfecta porque, paradójicamente, es perfectamente aceptable y racional. Mis niveles de felicidad e independencia están en guarismos altos y el de dolor está anormalmente bajo. No es perfecto pero se le parece mucho. Usar la "muletilla" es cutre, pasado de moda, refleja que nuestro lenguaje es de otro tiempo, arcaico y trasnochado, en el que había "finales felices". 

Decía Billy Joel que la vida es una sucesión de "adioses y holas", por lo tanto es una sucesión de finales y principios. Todo está terminando y todo está empezando. ¿No me creéis? Todos los días nace y muere algo, el mismo día, la luz del sol. Terminamos algo muchas veces un día cualquiera de nuestra existencia. Y todos los días retomamos algo que dejamos parado unas horas, días, semanas, años o décadas atrás. No hay jornada que termine sin que empecemos algo nuevo. Nada es eterno y no deberíamos comportarnos como si lo fuera. Ya nos lo dijo hace muchos de 2000 años el amigo Heráclito, ya sabéis el del río. Si esperamos constantemente a que surja algo mejor, una palabra genial para evitar la "muletilla", un nuevo amor 2.0 para superar el 1.0, el tiempo se nos puede escapar de las manos. Hasta que de verdad se termine todo para nosotros.

Usar "muletillas" no es perfecto, es necesario. Y apoyarnos en los demás no es malo, es bonito. Porque no tenemos más remedio. Porque la humanidad ha precisado de ese principio para bajar del árbol y moldear el planeta a su imagen y semejanza. Nos apoyamos unos a otros para avanzar y en el proceso nos hacemos daño, es inevitable. Nuestros niveles de dolor pueden llegar a cotas insoportables igual que nuestros niveles de dependencia. No tiene por qué ser así pero, desgraciadamente, a veces ocurre. Y también, muchas otras veces, somos nosotros quienes infligimos dolor y quienes conseguimos que otros sean dependientes. Es nuestra responsabilidad evitarlo en la medida de lo posible. Pero nada nada nada de ésto tiene que ver con "conformarse", con aceptar una cota de felicidad razonable. Con renunciar a las cosas buenas que nos proporcionan las "muletillas". Con quedarnos en el árbol a la espera de que un depredador termine con nosotros.

No hace mucho me he dado cuenta que uso mucho una "muletilla" en concreto, "de alguna manera". No soy el único, hay muchos que la empleamos cuando no podemos explicar del todo algo, circunstancia que, afortunadamente, ocurre con demasiada frecuencia. 

"De alguna manera" he decidido que está bien que esa expresión se cuele en mi habla. Que no quiero perfección en mi vida y que me da lo mismo ser un vestigio de un pasado indeseable.


Billy Joel circa 1981
"Say goodbye to Hollywood"





lunes, 25 de diciembre de 2017

Cuento de Navidad 2017


Durante un tiempo estuve escribiendo un cuento de Navidad todos los años, costumbre que abandoné hace bastante tiempo. Eran textos satíricos y/o cómicos en los que solía haber violencia y sangre. Supongo que pretendían ser irreverentes. Hoy retomo esa traicionada tradición con un relato de corte psicológico que me ha salido más negro de lo que había planeado. Eso sí, esta vez no hay bombas, tiros, venenos o asesinatos.



Estaba acostumbrada a pasar la Navidad en solitario. Recibió alguna que otra invitación para cenar acompañada en Nochebuena. Una de ellas la aceptó y luego se arrepintió. Inventó una excusa y se quedó en casa. Se hizo un regalo estupendo, 100 gramos de jamón ibérico de Guijuelo, que acompañó de un más que decente tinto de hipermercado. Se acostó antes de la medianoche, al día siguiente tenía que trabajar y no le vio el sentido a esperar a las 12. Ya había cursado todas las felicitaciones pertinentes, no había nada que la obligara a estar despierta en el momento en el que su ciudad empezara el consabido y tradicional intercambio de regalos. No estaba particularmente feliz ni infeliz. Logró que fuera sólo un día más, un día que iba a olvidar en menos de una semana. El día de Navidad fue distinto, pasó algo en su cabeza.
Tenía previsto salir al cine después de comer. Como se puso a llover el cielo se tornó gris perla. Se puso de buen humor y decidió que no necesitaba hacer el esfuerzo de mezclarse con el resto del universo. De la excesiva y poco sugerente oferta cinematográfica de Netflix eligió una comedia romántica inglesa que disfrutó solo a medias. Le gustó el planteamiento, le pareció loco y con muchas posibilidades. Una chica se hace pasar por otra en una cita a ciegas. Esperó hacia la mitad del segundo acto para darle una oportunidad. La terminó de ver por inercia. Segundos después de los títulos de crédito se olvidó de todo, incluso del título. Se hizo de noche.

Quizá fuera el melodramático discurso final del chico para convencer a la chica. Puede que lo llevara rumiando desde hacía unos días. Lo más probable es que no hubiera una única razón por la que algo empezó a rugir dentro suyo. Está claro que llevaba desarrollándose desde hacía mucho tiempo, meses, años, décadas,… Ella sabía que esto iba a salir de algún modo el día menos pensado. Se lo imaginó como una explosión, como una violenta toma de conciencia de la realidad en la que las máscaras caen y dejan desnudo a todo el mundo. A José Luis, a Tessa, a David, a Toño, a todos los que la querían, no todo lo que ella hubiera querido ni cómo ella hubiera querido. Sería un apocalipsis cristiano, un juicio final en el que se emitiría un veredicto colectivo de culpabilidad. La sentencia iba a ser lo de menos porque ella tendría su compensación por todo el dolor que le había causado sus amigos, no sus enemigos.
No, no se produjo ningún evento espectacular, no hubo fuego ni ruido ni nada. Sí, su círculo íntimo fue condenado. Consistió en una especie de perturbación momentánea en la que vio la verdad. La verdad desnuda. La cruda verdad. A veces es desagradable, siempre es hermosa. La belleza es éso, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Se dio cuenta de que siempre se había conformado con las migajas. Los demás dejaban de darle cariño cuando ella parecía darse por satisfecha a las primeras de cambio. Como un perro al que le dan un hueso, siempre el mismo hueso, para jugar. Siempre fue capaz de vivir su vida con muy poco amor. Ella es casi única, un ejemplar raro, una superheroína de las relaciones humanas que siempre piensa en como salvar a la Humanidad sin enfrentarse a sus demonios internos, como Batman.

Aquel día de Navidad maldijo su condición. Podía vivir sin besos ni abrazos, podía vivir con la áspera compañía de la soledad. ¿Por qué entonces se enfadaba con los demás porque no la amaban como pareja, como amiga, como familiar? No era culpa de ellos, ella siempre mostró sentirse abrumada con cualquier pequeña muestra de cariño. Siempre la devolvía quintuplicada, sin medir nada, con una generosidad que muchas veces parecía sobreactuada, aunque no lo fuera casi nunca.
Supuso que tenía que volver a empezar, que ser más inconformista con el amor que recibía y más tacaña con el amor que daba. Por unos segundos pensó que podría cambiar, que las próximas navidades las iba a pasar acompañada por personas que la querían de verdad y a las que no daba pena. La ilusión duró poco tiempo. Sabía que no sería capaz, que había pasado toda su vida siendo quien era. Lo intentaría sin esperanza, esperando lo que siempre esperó, que el viento soplara a su favor de una puta vez.

Encendió la tele. Estaban echando “’Qué bello es vivir!”. Decidió verla. Y esta vez sí que se lo pasó bien.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Juan



En el vídeo de "Human touch" hay un momento en el que Springsteen se mira un instante al espejo. Es sólo un segundo. Hace una mueca rara, parece un sonrisa forzada, es un gesto difícil de interpretar. Cuando lo vi por primera vez supuse que era una mirada desmitificadora de la existencia humana. "Esto es lo que hay, no hay glamour, casi todo es feo, la vida es dolor". 25 años después no tengo tan claro que sea éso lo que me sugiere esa imagen. Ahora lo que sí creo entender mejor es la canción. He ido comprendiéndola sin escucharla porque no está entre mis favoritas de él y tampoco se encuentra en un disco que me guste especialmente. Y, sin embargo, a lo largo de estas dos décadas y media que hace que se publicó me he ido acordando de ella con cierta frecuencia.

La recordé la madrugada en la que tuve que decidir a qué funeraria entregaba el cadáver de mi padre para darle el último adiós. Tres o cuatro tipos me esperaron a la puerta de la UCI para ofrecerme sus servicios. Me fui reuniendo con ellos por turnos y me decidí por uno. No fue el que mejor se explicó, ni el que me ofreció un mejor servicio y ni mucho menos era el más económico. Opté por él porque fue el único, EL ÚNICO, que mostró un poco de empatía elemental. El que me ofreció un "Human touch". Tengo un buen recuerdo de esa persona.

También sonó en mi cabeza hace unas semanas. Fue a finales de octubre. Era mi primera noche en mi casa recién reformada. Uno de los radiadores empezó a perder agua de manera violenta e imparable sobre la tarima flotante recién instalada. La crisis estaba servida. Todas las frustraciones acumuladas desde la muerte de mi padre y derivadas de su herencia explotaron como la llave de paso del agua. Aquello era mucho más que una emergencia en casa. Tuve que llamar a un fontanero de urgencia.

A la hora pactada se presentó un tipo que decía que se llamaba Juan. Hablaba raro, estaba claro que no era de por aquí. Le pedí que me anulara el radiador de marras. Antes de hacerlo me dijo lo que me iba a cobrar y me advirtió de los posibles problemas que podría ocasionarme. Me di por enterado y lo hizo. Volví a quedar con él un par de días después para que me arreglara los demás radiadores. Dijo que se presentaría en mi casa a las 7:10 de la mañana y llamó al telefonillo a las 7:06. Cumplió su palabra y me ayudó a poner en marcha la caldera, cosa que no tenía por qué hacer. Fue siempre profesional, serio, cumplidor y agradable. Me dio un poco de "Human touch", un poco de humanidad sin adulterar. Habíamos pactado una cantidad por sus servicios. Cuando ya estrechábamos nuestras manos para despedirnos decidí pagarle 50 euros más, un precio muy bajo por recordarme que no es tan difícil ser amable, ser humano.

Supuestamente, es lo que está en nuestra naturaleza.


A pesar de todo,
sigue sin volverme loco
"Human touch"

lunes, 3 de julio de 2017

El lacayo


No sé por qué me sigo acordando de él.

La primera vez que le vi fue en Urgencias. Mi padre había sufrido un infarto la noche anterior, justo cuando yo estaba viendo en el cine "El árbol de la vida", de Terrence Malick. Para no preocuparme no me llamó hasta la mañana siguiente. El lacayo apareció un rato después de que yo llegara. No estaba seguro de que hubiera sido una cardiopatía. Lo recuerdo con el aspecto de mi profesor de inglés en 1º de BUP, al que le gustaban los Simple Minds. Apareció un médico con más autoridad y dijo que no, que se quedaba, que tenían que ingresarlo.

Volví a ver al lacayo cuando mi padre recibió las primeras visitas médicas en su habitación. Acompañaba al doctor que llevaba el caso, que en mi memoria tiene el cuerpo y la cara de Fernando Vallespín, el que fuera mi profesor de Ciencia Política en 1º de Derecho. Es decir, debía de tener una imagen ochentera, algo meliflua y un poco guasona. Siempre que aparecía el lacayo era para chuparle los calcetines a un médico de rango superior.


Nunca supe qué era el lacayo. ¿Un fiel sirviente del jefe de departamento? ¿Un residente? Durante el primer ingreso de mi padre, de más de un mes y medio, con estancia en la UCI incluida, fue el profesional sanitario que más coincidió con nosotros Nunca un gesto empático, jamás una aportación diagnóstica. Todo el rato "sí, bwana... sí, bwana... sí, bwana".

La última vez que le vi fue cuando le dió el alta a mi padre. Lo hizo tarde y mal. Me tuvo esperando casi 24 horas. Al final salimos del hospital a eso de las 8 de la tarde, con un frío polar y noche cerrada. Era noviembre de 2011. Mi padre le preguntó cosas de la dieta y del día a día a lo que respondió con lugares comunes y cosas que no servían para demasiado. La única preocupación del lacayo era que mi padre no consumiera viagra en un par de meses. No veo por qué estaba tan seguro que un señor de 73 años, viudo y con insuficiencia renal podía tener vida sexual. Tampoco hubiera sido tan difícil preguntárselo, digo yo.

Puede que me acuerde de él porque me acuerdo de mi padre. O porque odio a los sumisos, a los lacayos... porque ellos siempre han heredado el reino de los cielos. Seguro que este lacayo es un médico de prestigio. Seguro que pisa moqueta y que no trabaja en las barricadas.

Estoy rodeado de ellos.


jueves, 29 de junio de 2017

Perfecto, armónico, finito, completo



Estoy en una casa ibicenca. Es de noche. Las Torres Gemelas no han caído aún. No es un sueño, es un recuerdo. Estoy razonablemente contento. Suena Sinatra.

Apenas he llegado a la treintena. Conservo cierto idealismo post adolescente. Mis esperanzas casi
se han contaminado de realidades. No todo, casi todo, es posible. Creo que la Felicidad está a la vuelta de esquina. Estoy convencido de que mi vida va a comenzar por fin. Mis primeros 30 años han sido un ensayo general con ropa de escenario y un público pasivo.

Suena Sinatra. Suena "I've got you under my skin".

Estoy solo. Casi no conozco a nadie en esta fiesta. José Padilla está pinchando desde el atardecer. Acaba de presentar "Navigator", un disco de electrónica elegante, suave y fluida. Se podría considerar "chill out". Yo creo que tiene demasiado nervio para ser etiquetado de esa manera. Mañana subiré a un avión sin miedo por última vez en mi vida, aunque todavía tardaré mucho tiempo en darme cuenta. Howell Lewellyn, el que fuera corresponsal de Billboard en España, nos regalará a varios un periódico en el minúsculo aeropuerto de Ibiza. "Me gusta el papel", nos dice a modo de justificación. Desea resistir las invasiones bárbaras que muy pronto asolarán a los medios de comunicación tradicionales. Me parece una extravagancia simpática. Howell murió sin que yo le volviera a ver. Me gusta acordarme de esta anécdota. Fue la única vez que coincidí con él.

Suena Sinatra. Suena "I've got you under my skin". Es una versión en directo. Me emociona como nunca antes. Al final de la sesión le pregunto a Padilla de qué disco la ha sacado. Me contesta con muchas prisas porque tiene que irse en un instante. "Es del regreso de mediados de los 70". No se acuerda del título. Años después me compraré "The main event"en Buenos Aires, el disco del "Comeback" del Viejo Ojos Azules, grabado en el Madison Square Garden de Nueva York en octubre de 1974, cuando España todavía era una dictadura. Ya no suena Sinatra.

No recuerdo que vino después de Sinatra. Sólo que me volví al hotel a pie porque el cámara con el que viajaba había ligado con una chavala y necesitaba el coche. Horas después me juró que no había pasado nada. Como si me hubiera importado.

Desde entonces Ibiza ha sido un territorio mítico para mí. He vuelto muchas veces. La última de ellas quise encontrar la casa ibicenca de la fiesta de presentación del "Navigator" de José Padilla. Fracasé en mi objetivo.

Jamás he escuchado a Sinatra cantar "I've got you under my skin" como aquella noche. Algo me dijo justo en ese momento que iba a ser irrepetible.

Soy un hombre con suerte.


domingo, 25 de junio de 2017

El otro día conocí a un monje zen


El otro día conocí a un monje zen.

"Es lo que siempre digo para ahorrarme un montón de preguntas", me comentó nada más revelarme su condición.  "Pues si me dices una cosa así, conmigo te aseguras que te haga ese montón de preguntas que tratas de evitar", le contesté con hilaridad.

Inmediatamente antes me había dicho que, para ganarse la vida, ejercía de comercial, en un intento de evitar esas explicaciones que no quería dar. Lo comprendo perfectamente, tiene que ser muy aburrido explicar el budismo una tarde de junio en Madrid con temperaturas superiores a los 30 grados como corolario a una presentación de un libro. Pero yo sentía curiosidad, mucha curiosidad.

Obviamente, sólo me dio algunas nociones. Noté que, en realidad, me ofrecía datos teóricos, como la enorme cantidad de escuelas budistas que existen, las diferencias entre las del norte y del sur. Casi podría decirse que evitaba conscientemente entrar en el meolllo del asunto. Creo que lo pasamos bien, que yo aprendí alguna cosa y que confirmé otras, como el hecho de que no tomarse en serio a sí mismo es lo más inteligente y lo más profundo de lo que el ser humano es capaz. Y que eso puede ser budismo.

Esa tarde fue llamativa por otra cosa. En realidad, era una reunión, a propósito del evento ya referido, de viejos amigos. Uno de ellos, al que conozco desde hace casi 30 años me dijo, con una maliciosa sonrisa:

"Te voy a avergonzar".

No me asusté demasiado, porque ya no somos unos post adeolescentes tratando de quedar uno por encima del otro. No debía preocuparme demasiado aunque lo que iba a contar era un momento algo ridículo de mi pasado, pródigo, como el presente y esperemos que el futuro, en ese tipo de sucedidos.

"Salíamos de un garito. Caminábamos por Serrano o algo así. Y me dijiste lo siguiente".

Se hizo un silencio. El monje zen y yo esperamos las siguientes palabras de mi amigo con expectación.

"Tú tenías 21 años. Yo 20".

Hostia, es verdad, alguna vez tuve 21 años, debió ser en el siglo pasado.

"Tío, cuando llegues a los 21 te darás cuenta de que ya no hay nada que hacer. Todo ha terminado".

Grandes risas. Cachondeo. Por mi parte, alivio, al no consistir la anécdota en algún hecho vergonzoso sino en una tontería de las muchas que, a día de hoy, sigo diciendo.

Cuando se apagaron las carcajadas, manifesté mi asombro por la sabiduría que atesoraba a tan tierna edad. Más alborozo. Hasta el monje zen dijo que eso era muy zen.

A la mañana siguiente pensé en esa frase, de la que no me acordaba. Y me dí cuenta de que lo que tenía a los 21 años es, esencialmente, lo mismo que tengo ahora. Hace unos años el ser consciente de este dato aterrador me habría provocado ansiedad, tristeza, frustración y, seguramente, un insidioso peso en la vertical de mi pecho.

Ahora me la suda.

El otro día conocí a un monje zen.







viernes, 23 de junio de 2017

Un cuento en 30 minutos



Son las 17:45 del viernes 23 de junio de 2017. Voy a escribir un cuento en sólo 30 minutos. A las 18:15 estará terminado. aún no sé de qué va a ir. Empezaré por ponerle un título y a ver qué se me ocurre. Para ello buscaré unas cuantas palabras a voleo y trataré de unir una frase coherente. 

Ésta es la que me ha salido.

Ciertos responsables de la hierba

(Empecemos, pues, con el relato. Son las 17:52)

El jardinero es el camello del bloque de apartamentos Miguel de Unamuno, al norte de Madrid, en Sanchinarro. En realidad, es mucho más. Como hay portero automático es él el que se ocupa de las labores propias del conserje en una finca tradicional. A saber, fiscalizar a los vecinos, molestarles y, en general, invadir su privacidad de manera desvergonzada e intempestiva.

Lo mismo ocurre con los jardineros de los bloques colindantes, Europa 2000, Afremac y Severiano Ballesteros (este último incluye un campo de golf en desuso desde la llegada de la crisis).

Los jardineros se juntan todos los domingos por la mañana. En realidad no tienen en común más que su oficio. Hay un votante de Podemos, otro del Pacma y varios del PP. La única chica del grupo, Bernarda, sabe idiomas. Nadie sabe de qué hablan en esas reuniones.

(Joder, son las 18:00 y aún voy por el primer acto)

Todo empezó cuando llegó abril. Al principio nadie pareció darse cuenta de que los días volvían a acortarse, casi como si fuera el principio del otoño. A las dos semanas anochecía a las 6 de la tarde, que es lo que suele ocurrir en diciembre en Madrid. Pero no era diciembre, el termómetro anunciaba temperaturas muy por encima de los 20 grados. 

Estaba claro que había ocurrido una catástrofe. Tenía que ser algo muy gordo, que hubiera cambiado el eje de inclinación del planeta y/o la órbita alrededor del sol. En los medios de comunicación se ventilaban todo tipo de teorías. Había quien argumentaba que algo tendría que ver con las pruebas de mísiles balísticos de Corea del Norte. Otros suponían que era un ataque global de los terroristas islamistas. No faltaban los que decían que era una de las consecuencias del cambio climático. Fue un momento en el que los fanáticos religiosos ofrecieron al mundo sus enloquecidas teorías explicando este raro fenómeno, como no podía ser de otra manera. 

Y de pronto un día no amaneció. Un día no llego a ser día. Lo mismo en el norte que en el sur, en el este que en el oeste. La oscuridad total. 

Los responsables de la hierba del mundo decidieron ponerse manos a la obra. Las plantan morían, la Tierra estaba condenada.

(Sólo me queda el desenlace. Son las 18:10)

Los líderes de la Solución Final fueron los jardineros del Unamuno, Afremac, Europa 2000 y Ballesteros. Llevaban preparándose en silencio desde hacia décadas, quizá siglos. Habían construido centenares de naves espaciales, de Arcas de Noé, para escapar del Planeta Tierra. Ellos y sus familias. De generación en generación fueron acumulando conocimientos y tecnología. Cuando llegó el día, estaban preparados.

Tiraron 1000 millones de bombas atómicas, dejaron el planeta desolado y emigraron con destino a la estrella más cercana, Alfa Centauri. 

Una vez instalados en uno de los planetas próximos, crearon una sociedad de castas, injusta, con ganadores y perdedores y se inventaron un código seudo místico para regular su diminuta sociedad.

El Mal había ganado.

No había vuelta atrás. 

(Son las 18:18, he palmado por tres minutos)

domingo, 30 de abril de 2017

Retorno a Brideshead


"Comeback" lo llaman los periodistas deportivos anglosajones. Es posible que sean mis historias favoritas. Es lo que hizo Alí con Foreman en Kinshasa, cuando nadie creía en él, cuando todos, incluso los suyos, pensaban que iba a ser derrotado y que nunca lograría de nuevo el cinturón de campeón. Fue el Regreso. Quisieron acabar con él, le quitaron su licencia, perdió los mejores años de su carrera sancionado por no querer ir a la guerra de Vietnam. Por aclamación popular le levantaron el castigo. Era un boxeador invicto al que le habían quitado el título por trapicheos en los que su pertenencia a la Nación del Islam debió tener mucho que ver. El camino para culminar el Regreso fue muy duro. Joe Frazier le derrotó, le arrebató su condición de imbatible la primera vez que se vieron las caras en un ring. Aún vendrían más curvas porque cayó ante un boxeador inferior, Ken Norton. Ambos habían sido noqueados por Foreman antes del combate que le iba a enfrentar a Alí, que ya no era el púgil elegante, rápido y técnico que revolucionó el estilo de boxear de los pesos pesados. Estaba claro que iba a ser destruido. Eso pareció al término del primer asalto, del segundo... Nada parecía cambiar, el destino estaba marcado. Sin embargo, en el octavo asalto, el plan de esperar a que Foreman se cansara por fín dio sus resultados. Alí había vuelto.



El pasado nos explica. Cuando empezamos a mirar hacia atrás buscamos respuestas. A menudo acerca del futuro. Si una cosa fue de una manera lo normal es que vuelva a ser de esa manera. Es un truco que casi siempre funciona. El pasado que elegimos recordar dice mucho de nuestro presente. Significa algo que para el capitán Charles Ryder la nostalgia sea, en "Retorno a Brideshead", ese improbable trío que formó en su juventud con los aristocráticos hermanos Flyte. El capitán Ryder ha decidido que lo que le gusta es el lujo decadente, los placeres sensoriales y cierta inquietud intelectual. Éso es lo que le define.



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Si yo vuelvo  una y otra vez a esta humilde bitácora es porque este es mi "Brideshead" particular. El lugar emocional en el que me siento realizado, donde acudo en busca  de respuestas y de preguntas ya formuladas más esclarecedoras que esas respuestas. Vuelvo para tener la oportunidad de derribar a George Foreman en el octavo asalto, tras pasarme toda la pelea contra las cuerdas.

Vuelvo. Y seguiré volviendo. Porque uno no puede evitar ser como es y porque me flipa la trompeta barroca del tema central de "Brideshead revisited" (1981).